—Notableas asambleas aquellas, señorita Summerson —dijo el señor Badger con reverencia—. ¡Tiene que haber habido una gran fricción intelectual allí bajo los auspicios de semejante hombre!
“Y ahora —prosiguió la señora Badger—, ahora que soy la esposa de mi querido tercero, el señor Badger, sigo cultivando esos hábitos de observación que adquirí durante la vida del capitán Swosser y que adapté a nuevos e inesperados fines durante la vida del profesor Dingo.
Por lo tanto, no me he acercado a la consideración del señor Carstone como una neófita. Y, sin embargo, soy muy de la opinión, queridos míos, de que no ha elegido su profesión con acierto”.
Ada parecía tan sumamente ansiosa ahora que le pregunté a la señora Badger en qué fundaba su suposición.
—Mi querida señorita Summerson —respondió—, sobre el carácter y la conducta del señor Carstone. Él tiene un temperamento tan sumamente despreocupado que probablemente nunca le parecería importante mencionar cómo se siente en realidad, pero la profesión le resulta aburrida. No tiene ese interés positivo por ella que hace que sea su verdadera vocación. Si tiene alguna impresión clara al respecto, diría que es la de que se trata de una ocupación tediosa. Ahora bien, esto no es prometedor. Los jóvenes como el señor Allan Woodcourt, que la adoptan por un fuerte interés en todo lo que ella puede hacer, encontrarán alguna recompensa en ella a través de una gran cantidad de trabajo por muy poco dinero y a través de años de considerable paciencia y desengaños. Pero estoy convencida de que este no sería jamás el caso del señor Carstone.
—¿El señor Badger también piensa eso? —preguntó Ada con timidez.
—Verá, señorita Clare —dijo el señor Badger—, a decir verdad, este aspecto de la cuestión no se me había ocurrido hasta que la señora Badger