no tienen otra cosa que hacer que sentarse allí a la sombra, con los delantales blancos sobre la cabeza para espantar las moscas, la arrancan y se la comen meditabundos.
Solo hay un juez en el pueblo. Incluso él solo viene dos veces por semana a su despacho.
¡Si los lugareños de aquellas ciudades judiciales de su circuito pudieran verlo ahora!
Sin peluca de rulos, sin refajos rojos, sin pieles, sin hombres de la jabalina, sin varas blancas. Meramente un caballero bien afeitado, con pantalones blancos y sombrero blanco, con el bronceado marino en el semblante judicial, y una tira de piel descamada por los rayos solares en la nariz judicial, ¡que se pasa por la marisquería de camino y bebe cerveza de jengibre helada!
La abogacía de Inglaterra está dispersa por la faz de la tierra. Cómo se apaña Inglaterra durante cuatro largos meses de verano sin su abogacía —la cual constituye su reconocido refugio en la adversidad y su único triunfo legítimo en la prosperidad— es harina de otro costal; lo cierto es que semejante escudo y adarga de Britania no se llevan puestos en la actualidad.
El respetable caballero que siempre está tan enormemente indignado por la ultraje sin precedentes cometido contra los sentimientos de su cliente por la parte contraria, al punto de que nunca parece que vaya a recuperarse, lo está pasando infinitamente mejor de lo que cabría esperar en Suiza. El respetable caballero que se dedica al negocio de la demolición y que fulmina a todos sus adversarios con su sombrío sarcasmo está más feliz que una perdiz en un balneario francés.