mí nunca me han causado ninguna molestia; más bien al contrario. Pregunta: ¿Pero cree que su abolición perjudicaría a una clase de profesionales? Respuesta: No me cabe duda. Pregunta: ¿Puede citar algún ejemplo de dicha clase? Respuesta: Sí. Mencionaría sin vacilar al señor Vholes. Se arruinaría. Pregunta: ¿El señor Vholes está considerado en la profesión un hombre respetable? Respuesta»—lo cual resultó fatal para la investigación durante diez años—«: El señor Vholes está considerado en la profesión un hombre respetabilísimo».
Así, en la conversación familiar, autoridades privadas no menos desinteresadas observarán que no saben a dónde va a parar esta época, que nos precipitamos por despeñaderos, que aquí se ha perdido otra cosa más, que estos cambios son la muerte para gente como Vholes: un hombre de indudable respetabilidad, con un padre en el valle de Taunton y tres hijas en el hogar.
Dad unos pasos más en esta dirección —vienen a decir—, y ¿qué va a ser del padre de Vholes? ¿Va a perecer? ¿Y de las hijas de Vholes? ¿Van a ser costureras de camisas o institutrices?
Como si, siendo el señor Vholes y sus parientes unos jefes caníbales menores y proponiéndose la abolición del canibalismo, unos defensores indignados plantearan el asunto de este modo: ¡Haced que comer carne humana sea ilegal, y haréis pasar hambre a los Vholes!
En una palabra, el señor Vholes, con sus tres hijas y su padre en el valle de Taunton, cumple perpetuamente la función, como un trozo de madera, de apuntalar algún cimiento carcomido que se ha convertido en una trampa y una molestia.
Y para una gran cantidad de personas, en una gran cantidad de casos, la cuestión nunca gira en torno a un cambio de lo incorrecto a lo correcto (lo cual es una consideración completamente ajena), sino que siempre gira en torno al perjuicio o beneficio para esa legión eminentemente respetable, los Vholes.