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nydus/Bleak HousePublic
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VIII. Cubriendo una multitud de pecados

un corazón muy duro. No tengo nada que preguntarle, nada en el mundo.

Pasó mi brazo por el suyo y nos fuimos a buscar a Ada. Desde aquella hora me sentí muy a gusto con él, sin ninguna reserva, muy contenta de no saber nada más, muy feliz.

Vivíamos, al principio, una vida bastante ajetreada en Bleak House, pues teníamos que familiarizarnos con muchos residentes de dentro y fuera del vecindario que conocían al señor Jarndyce.

A Ada y a mí nos parecía que lo conocía todo el mundo que quería hacer algo con el dinero de cualquier otra persona. Nos asombraba, cuando empezábamos a clasificar sus cartas y a contestar algunas de ellas para él en la cueva por las mañanas, descubrir cómo el gran objetivo de las vidas de casi todos sus corresponsales parecía ser el de constituirse en comités para recaudar e invertir dinero.

Las damas estaban tan desesperadas como los caballeros; en verdad, creo que lo estaban aún más. Se lanzaban a los comités de la manera más apasionada y recaudaban suscripciones con una vehemencia de lo más extraordinaria. Nos parecía que algunas de ellas debían de pasarse la vida entera repartiendo tarjetas de suscripción por todo el directorio de correos: tarjetas de un chelín, tarjetas de media corona, tarjetas de medio soberano, tarjetas de un penique. Lo querían todo. Querían ropa de vestir, querían trapos de lino, querían dinero, querían carbón, querían sopa, querían interés, querían autógrafos, querían franela, querían todo lo que el señor Jarndyce tenía⁠—o no tenía.

Sus objetos eran tan variados como sus peticiones. Iban a levantar nuevos edificios, iban a pagar deudas de edificios antiguos, iban a establecer en un edificio pintoresco (se adjunta grabado de la fachada oeste propuesta) a la Hermandad de las Marías Medievales, iban a dar un presente a la señora Jellyby, iban a hacer pintar el retrato de su secretario para

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