Hice algo mejor que eso, sin embargo, enseñándoselas todas a Charley en su lugar. El entusiasmo de Charley calmó el mío; y después de dar un paseo por el jardín, y de que Charley hubo agotado todo su vocabulario de expresiones de admiración, fui tan tranquilamente feliz como debía serlo.
Fue un gran consuelo poder decirme a mí misma después del té: «Esther, querida, creo que tienes suficiente sensatez como para sentarte ahora a escribir una nota de agradecimiento a tu anfitrión».
Él me había dejado una nota de bienvenida, tan radiante como su propio rostro, y me había confiado su pájaro, lo cual sabía que era su mayor muestra de confianza.
En consecuencia, le escribí una breve nota a Londres en la que le contaba el aspecto que tenían todas sus plantas y árboles favoritos, y cómo el más asombroso de los pájaros me había cantado los honores de la casa de la manera más hospitalaria, y cómo, tras posarse en mi hombro para cantar, con deleite inconcebible de mi criada, se encontraba entonces durmiendo en el rincón habitual de su jaula, aunque no podía informar de si estaba soñando o no.
Terminada mi nota y enviada al correo, me atareé mucho en desempacar y ordenar; y mandé a Charley a la cama temprano y le dije que no la necesitaría más en toda la noche.
Pues aún no me había mirado en el espejo y nunca había pedido que me devolvieran el mío. Sabía que esto era una debilidad que debía superar, pero siempre me había dicho a mí misma que empezaría de nuevo cuando llegara a donde ahora estaba. Por eso había querido estar sola, y por eso dije, ya sola, en mi propia habitación: «Esther, si has de ser feliz, si has de tener algún derecho a rezar para ser sincera, debes cumplir tu palabra, querida mía».