un año, o de dos mil libras en cinco años, lo cual era una suma considerable. Y luego habló con tanta ingenuidad y sinceridad del sacrificio que hacía al apartarse por un tiempo de Ada, y de la seriedad con la que aspiraba—como en sus pensamientos siempre lo hacía, bien lo sé—a corresponder a su amor, a asegurar su felicidad, a vencer lo que en él andaba mal y a adquirir el alma misma de la decisión, que hizo que mi corazón se doliera agudamente, con dolor hondo. Pues, pensaba yo, ¿cómo iba a terminar esto, cómo podía terminar esto, cuando tan pronto y tan ciertamente todas sus cualidades varoniles se veían tocadas por la plaga fatal que arruinaba todo aquello sobre lo que se posaba?
Hablé con Richard con toda la sinceridad que sentía, y toda la esperanza que entonces no alcanzaba a sentir del todo, y le imploré por el bien de Ada que no confiara en absoluto en la Cancillería.
A todo lo que dije, Richard accedió con facilidad, restándole importancia al tribunal y a todo lo demás con su aire despreocupado y trazando los más brillantes retratos del carácter que iba a adoptar —¡ay, cuando el penoso pleito lo liberara de su influjo!
Tuvimos una larga charla, pero en el fondo siempre volvía a lo mismo.
Por fin llegamos a la plaza de Soho, donde Caddy Jellyby había quedado en esperarme, por ser un lugar tranquilo en las inmediaciones de Newman Street. Caddy estaba en el jardín del centro y salió apresuradamente a mi encuentro en cuanto aparecí. Tras unas pocas palabras