—Mis amigos —dice el señor Chadband mientras su barbilla perseguida vuelve a plegarse en su sonrisa gorda al mirar a su alrededor—, es justo que sea humillado, es justo que sea puesto a prueba, es justo que sea mortificado, es justo que sea corregido. Tropecé, el pasado Sabbath, cuando pensé con orgullo en mis tres horas de edificación. La cuenta está ahora favorablemente saldada: mi acreedor ha aceptado un concordato. ¡Oh, seamos alegres, alegres! ¡Oh, seamos alegres!
Gran conmoción por parte de la señora Snagsby.
—Mis amigos —dice Chadband, mirando a su alrededor para concluir—, no proseguiré ahora con mi joven amigo. ¿Vendrás mañana, joven amigo, a preguntar a esta buena señora dónde me encuentro para pronunciar un sermón ante ti, y vendrás como la golondrina sedienta al día siguiente, y al día siguiente de ese, y al día siguiente de ese, y muchos días agradables, a escuchar sermones?
(Esto con una ligereza bovina.)
Jo, cuyo objetivo inmediato parece ser largarse a cualquier precio, da un apretado y esquivo asentimiento. El señor Guppy entonces le arroja un penique, y la señora Snagsby llama a Guster para que lo acompañe san y salvo fuera de la casa. Pero antes de bajar las escaleras, el señor Snagsby lo carga con algunas obras de los restos de la mesa, que se lleva, estrechándolas contra sus brazos.
De modo que el señor Chadband—de quien dicen los perseguidores que no es de extrañar que siga hablando durante horas enteras diciendo semejantes abominables necedades, sino que lo extraño más bien es que calle alguna vez, una vez que ha tenido la audacia de empezar—se retira a la vida privada hasta que invierte un pequeño capital de cena en el negocio del aceite. Jo sigue su camino, a través de las largas vacaciones, hasta el puente de Blackfriars, donde encuentra un rincón pedregoso y sofocante en el que acomodarse para su banquete.