—Supongo que habrás traído tu pájaro contigo —dijo Mr. Jarndyce.
—¡Por el cielo, es el pájaro más asombroso de Europa! —replicó el otro.
—¡Es la criatura más maravillosa! No aceptaría diez mil guineas por ese pájaro. He dejado una renta vitalicia para su exclusivo mantenimiento en caso de que me sobreviva. En cuanto a inteligencia y afecto, es un fenómeno. ¡Y su padre antes que él fue uno de los pájaros más asombrosos que jamás hayan existido!
El objeto de esta loa era un canario diminuto, tan manso que el criado del señor Boythorn lo bajó en su dedo índice y, tras dar un apacible vuelo por la habitación, se posó en la cabeza de su amo.
Oír al señor Boythorn expresar en ese momento los sentimientos más implacables y apasionados, con esta criatura frágil y diminuta posada tranquilamente en su frente, era, según pensé, una buena muestra de su carácter.
—Por mi alma, Jarndyce —dijo, ofreciendo muy suavemente un trozo de pan para que picoteara el canario—, si yo estuviera en tu lugar, cogería a todos los jueces del Tribunal de la Cancillería por el cuello mañana mismo por la mañana y los sacudiría hasta que el dinero se les cayera de los bolsillos y los huesos les traquetearan dentro de la piel. ¡Con las buenas o con las malas, lograría que alguien me diera un acuerdo! ¡Si me autorizaras a hacerlo, lo haría por ti con muchísimo gusto!
(Todo este tiempo, el pequeñísimo canario estuvo comiendo de su mano.)
—Se lo agradezco, Lawrence, pero el pleito no se encuentra actualmente en un punto tal —contestó don John Jarndyce, riendo—, como para que fuera de gran ayuda incluso el proceso legal de sacudir al tribunal y a toda la abogacía.