señorita —dice Charley.
—No digas que sí —replica la señorita Smallweed—, pues ya sé cómo sois vosotras, las jóvenes. Hacedlo sin decirlo, y entonces empezaré a creeros.
Charley se traga un gran sorbo de té en señal de sumisión y disipa así las ruinas druídicas, por lo que la señorita Smallweed le recrimina que no sea una glotona, lo cual «en vosotras las muchachas», observa, es repugnante.
Charley podría encontrar mayor dificultad para ajustarse a las opiniones de aquella sobre el tema general de las muchachas de no ser por llamar a la puerta.
—¡Mira quién es, y no mastiques cuando abras! —grita Judy.
Retirándose para tal fin el objeto de sus atenciones, la señorita Smallweed aprovecha la ocasión para mezclar lo que queda de pan con mantequilla y lanzar dos o tres tazas