lo he estado. Mire, querida señorita Summerson —sacó un puñado de sueltos de plata y calderilla del bolsillo—, aquí hay todo este dinero. No tengo la menor idea de cuánto es. No tengo la capacidad de contarlo. Digamos que cuatro y nueve peniques; digamos que cuatro libras y nueve. Me dicen que debo más que eso. Es muy probable. Es muy probable que deba todo lo que la gente bondadosa me permita deber. Si ellos no paran, ¿por qué iba a parar yo? Ahí tiene a Harold Skimpole en miniatura. Si eso es la responsabilidad, yo soy responsable.
La perfecta naturalidad con la que volvió a guardar el dinero y me miró con una sonrisa en su rostro refinado, como si hubiera estado mencionando un curioso datito sobre otra persona, casi me hizo sentir como si de verdad él no tuviera nada que ver con aquello.
—Ahora bien —reanudó—, cuando usted menciona la responsabilidad, me inclino a decir que nunca he tenido la dicha de conocer a nadie a quien considerara tan gratamente responsable como usted. Me parece que usted es la piedra de toque misma de la responsabilidad. Cuando la veo a usted, querida mía, señorita Summerson, absorta en el perfecto funcionamiento de todo ese pequeño y ordenado sistema del cual usted es el centro, me siento inclinado a decirme —de hecho, me lo digo a mí mismo muy a menudo—: ¡eso es la responsabilidad!
Fue difícil, después de esto, explicar lo que quería decir; pero insistí lo suficiente como para decir que todos esperábamos que él frenara y no confirmara a Richard en las optimistas opiniones que abrigaba por aquel entonces.
—Muy gustosamente —replicó—, si pudiera. Pero, querida señorita Summerson, no tengo dotes artísticas ni me sé disimular. Si él me toma de la mano y me guía por Westminster Hall en una procesión ligera en pos de la fortuna, tengo que ir. Si él dice: «¡Skimpole, únete al baile!», debo unirme. El sentido común no lo haría, lo sé, pero yo carezco de sentido común.