Un progreso
Tengo muchísima dificultad para empezar a escribir mi parte de estas páginas, porque sé que no soy lista. Siempre lo supo.
Recuerdo que, cuando era una niña muy, muy pequeña, solía decirle a mi muñeca cuando estábamos solas: «¡Vamos, Dolly, no soy lista, tú lo sabes muy bien, y debes tener paciencia conmigo, como un sol!».
Y ella se quedaba sentada, apoyada en un gran sillón, con su hermoso cutis y sus labios rosados, mirándome fijamente —o más bien no a mí, creo, sino a la nada— mientras yo cosía afanosamente y le contaba todos mis secretos.
¡Mi querida y vieja muñeca! Yo era una niña tan tímida que raras vez me atrevía a abrir los labios, y jamás me atrevía a abrir el corazón, con nadie más. Casi me dan ganas de llorar pensar en el gran alivio