Ella administra el dinero, increpa a los recaudadores de impuestos, fija los días y las horas de devoción los domingos, autoriza las distracciones del señor Snagsby y no admite responsabilidad alguna respecto a lo que tiene a bien servir para la cena, a tal punto que constituye el supremo estándar de comparación entre las esposas vecinas a lo largo de Chancery Lane en ambas aceras, e incluso hacia Holborn, quienes en cualquier encontronazo doméstico suelen exigir a sus maridos que miren la diferencia entre la posición de ellas (las esposas) y la de la señora Snagsby, y entre el comportamiento de ellos (los maridos) y el del señor Snagsby.
El rumor, que siempre revolotea como un murciélago por Cook’s Court y se cuela por las ventanas de todo el mundo, asegura que la señora Snagsby es celosa y entrometida, que el señor Snagsby a menudo está al borde de los atragantos en su propio hogar y que, si tuviera el valor de un ratón, no lo toleraría.
Se comenta asimismo que las esposas que lo ponen como brillante ejemplo ante sus tozudos maridos en realidad lo desprecian, y que nadie lo hace con mayor altanería que cierta dama cuyo señor es más que sospechoso de emplear su paraguas como instrumento correccional sobre ella.
Pero estos vagos cuchicheos pueden deberse a que el señor Snagsby es, a su manera, un hombre más bien meditativo y poético, aficionado a pasear por Staple Inn en verano y a observar lo campestres que son los gorriones y las hojas, así como a holgazanear por el Rolls Yard un domingo por la tarde y a comentar (si está de buen humor) que antaño los tiempos eran otros y que, si uno se pusiera a cavar, daría por sentado que encontraría un par de ataúdes de piedra bajo aquella capilla. También consuela su imaginación pensando en los muchos cancilleres, vicecancilleres y magistrados del Rolls que ya han fallecido; y le saca tal sabor a campo al contarles a los dos aprendices cómo ha oído decir que