Por entonces, presentándose el pinche de cocina del Sol’s Arms con su pinta de cena bien espumosa, la señora Piper acepta dicho jarro y se retira adentro, dando antes las muy buenas noches a la señora Perkins, quien ha tenido su propia pinta en la mano desde que fue traída de la misma taberna por el pequeño Perkins antes de ser mandado a la cama.
Ahora se oye el ruido de la colocación de los cierres de las tiendas en el patio y un olor como a pipas encendidas; y se ven estrellas fugaces en las ventanas de arriba, lo que indica además la retirada al descanso.
Ahora también, el agente de policía comienza a empujar las puertas; a probar los cerrojos; a desconfiar de los bultos; y a recorrer su demarcación bajo la hipótesis de que todo el mundo está robando o siendo robado.
Es una noche sofocante, aunque el frío húmedo también cala, y hay una bruma perezosa suspendida a poca altura en el aire. Es una excelente noche de vaho para sacar partido a los mataderos, los oficios insalubres, el alcantarillado, el agua en mal estado y los cementerios, y darle al funcionario del registro de defunciones algo más de trabajo. Puede ser algo en el aire —hay mucho en él— o puede ser algo en él mismo lo que falla; pero el señor Weevle, alias Jobling, se encuentra muy a disgusto. Va y viene entre su propia habitación y la puerta abierta a la calle veinte veces por hora. Lleva haciéndolo desde que oscureció. Desde que el Canciller cerró su tienda, cosa que hizo muy temprano esta noche, el señor Weevle ha estado bajando y subiendo, y bajando y subiendo (con un gorrito de terciopelo ajustado y barato en la cabeza, que hace que sus patillas parezcan desproporcionadas), más a menudo que antes.
No es ningún fenómeno que el señor Snagsby también ande intranquilo, pues siempre lo está, en mayor o menor medida, bajo la abrumadora influencia del secreto que pesa sobre él. Impulsado por el misterio del que participa y sin embargo en el que no comparte, el señor Snagsby frecuenta lo que parece ser su fuente: la tienda de trapos y botellas en el