“La cantidad, caballero —dijo el señor Vholes entre paréntesis—, creo que ya la he mencionado. Si el señor C. ha de seguir jugando por esta considerable apuesta, caballero, debe tener fondos. ¡Entiéndame! Actualmente hay fondos disponibles. No pido nada; hay fondos disponibles. Pero para las siguientes jugadas, deben proveerse más fondos, a menos que el señor C. vaya a echar a perder lo que ya ha arriesgado, lo cual es única y exclusivamente un punto a considerar por él.
Esto, caballero, aprovecho la oportunidad de manifestárselo abiertamente a usted como amigo del señor C. Sin fondos, siempre estaré encantado de comparecer y actuar en representación del señor C. hasta el límite de todos aquellos costes que sea seguro que se nos adjudiquen de la herencia, pero no más allá. No podría ir más allá, caballero, sin cometer una injusticia con alguien. Tendría que ser injusto con mis tres queridas niñas o con mi venerable padre, que depende enteramente de mí, en el valle de Taunton; o con alguien. Mientras que, caballero, mi resolución es (llámese debilidad o locura si se plaze) no ser injusto con nadie”.
El señor Woodcourt respondió con cierta severidad que se alegraba de oírlo.
—Deseo, caballero —dijo el señor Vholes—, dejar un buen nombre a mi espalda. Por lo tanto, aprovecho cada oportunidad para declararle abiertamente a un amigo del señor C. la situación en la que se encuentra el señor C. En cuanto a mí, caballero, el obrero es digno de su salario. Si me comprometo a arrimar el hombro, lo hago y me gano lo que recibo. Estoy aquí con ese propósito. Mi nombre está pintado en la puerta de fuera con ese objetivo.
“¿Y la dirección del señor Carstone, señor Vholes?”
—Caballero —contestó el señor Vholes—, como creo que ya he mencionado, está al lado. En el segundo piso encontrará los aposentos del señor C. El señor C. desea estar cerca de su asesor legal, y estoy muy lejos de poner objeciones, pues propicio la investigación.