—Es el gran favorito de mis niñas —dijo el señor Jarndyce—, y yo he hecho una promesa en su nombre.
—La naturaleza se olvidó de matizarlo un poco, creo —observó el señor Skimpole a Ada y a mí.
—Un poco demasiado bullicioso, como el mar. Un poco demasiado vehemente, como un toro que se ha empeñado en considerar escarlata todos los colores. ¡Pero le reconozco un mérito contundente, por decirlo así!
Me habría extrañado que esos dos se tuvieran en muy alta consideración el uno al otro, dado que el señor Boythorn concedía tanta importancia a muchas cosas y al señor Skimpole le importaba tan poco cualquier cosa. Además de lo cual, había notado al señor Boythorn más de una vez a punto de estallar en alguna opinión tajante cuando se aludía al señor Skimpole.
Por supuesto, me limité a unirme a Ada para decir que nos había gustado mucho.
“Me ha invitado —dijo el señor Skimpole—, y si un niño puede confiarse en tales manos (lo cual al presente niño se le anima a hacer, con la tierna unión de dos ángeles para guardarlo), iré. Se propone pagarme el viaje de ida y vuelta. Supongo que costará dinero, ¿verdad? ¿Chelines tal vez? ¿O libras? ¿O algo por el estilo? A propósito, Coavinses. ¿Recuerdas a nuestro amigo Coavinses, señorita Summerson?”.
Me preguntó tan pronto como el tema surgió en su mente, de su modo gracioso y alegre y sin la menor incomodidad.
—¡Oh, sí! —dije yo.
—Coavinses ha sido arrestado por el Gran Bailío —dijo el señor Skimpole—. No volverá a hacerle violencia a la luz del sol jamás.