no respondo de lo que pueda ser lo mejor. El tiempo vuela; se va acercando la una. Cuando dé la una, se habrá ido otra hora, y ahora valdrá mil libras en vez de cien”.
Todo esto es verdad, y no se puede poner en duda la urgencia del caso.
Mr. Jarndyce le ruega que permanezca allí mientras habla con Miss Summerson. Mr. Bucket dice que lo hará, pero, actuando según su principio habitual, no hace tal cosa, sino que lo sigue escaleras arriba y no pierde a su hombre de vista. Así se queda, esquivo y al acecho en la penumbra de la escalera mientras ellos conversan.
En muy poco tiempo, Mr. Jarndyce baja y le dice que Miss Summerson se reunirá con él en seguida y se pondrá bajo su protección para acompañarle a donde le plazca. Mr. Bucket, satisfecho, expresa su total aprobación y aguarda su llegada en la puerta.
Allí asciende a una alta torre en su mente y mira a lo largo y a lo ancho.
- Numerosas figuras solitarias percibe reptando por las calles;
- numerosas figuras solitarias allá en los brezales, y en los caminos, y yacentes bajo los pajares.
Pero la figura que busca no está entre ellas.
A otros solitarios percibe, en los recovecos de los puentes, mirando hacia abajo; y en lugares ensombrecidos al nivel del río; y un objeto oscuro, oscuro y sin forma que avanza a la deriva con la marea, más solitario que todos, se aferra con un apretón de ahogado a su atención.
¿Dónde está? ¿Viva o muerta, dónde está? Si, al doblar el pañuelo y guardarlo con cuidado, tuviera este el poder encantado de evocar ante él el lugar donde lo encontró y el paisaje nocturno cerca de la cabaña donde cubría al niño pequeño, ¿la descrutaría allí? En el yermo donde los hornos de ladrillos arden con un fulgor azul pálido, donde los techos de