era un joven caballero; cómo lo querían los perros; cómo incluso la gente que se había enfadado con él lo perdonaba en cuanto se iba, pobre muchacho. ¡Y verlo ahora, después de todo, y en una prisión además! Y el amplio peto se eleva, y la pintoresca, erguida y anticuada figura se encorva bajo su carga de afectuosa congoja.
Mrs. Bagnet, con la instintiva habilidad de un buen y cálido corazón, deja a la vieja ama de llaves a solas con sus emociones un ratito —no sin pasarse el dorso de la mano por sus propios ojos maternales— y enseguida interviene con su alegre tono: «Pues yo le digo a George cuando voy a llamarlo para merendar (él fingía fumar su pipa afuera): "¿Qué te pasa esta tarde, George, por amor de Dios? He visto a toda clase de gente, y a ti te he visto bastante a menudo a tiempo y a destiempo, fuera y en casa, y nunca te he visto tan melancólico y penitente". "Pues, Mrs. Bagnet —dice George—, es porque estoy melancólico y penitente a la vez, esta tarde, que me ves así." "¿Qué has hecho, viejo amigo?", le digo. "Pues, Mrs. Bagnet —dice George, meneando la cabeza—, lo que he hecho lleva hecho muchísimos años, y es mejor ni intentar deshacerlo ahora. Si alguna vez llego al cielo no será por haber sido un buen hijo para una madre viuda; no digo más"».
Ahora, señora, cuando George me dice que es mejor no intentar enmendarlo ya, tengo mis pensamientos como los he tenido muchas veces antes, y le saco a George cómo es que le ocurren tales cosas esa tarde.
Luego George me cuenta que ha visto por casualidad, en la oficina del abogado, a una noble anciana que le ha traído a su madre vivita y coleando ante los ojos, y sigue dale que dale con esa anciana hasta que se olvida por completo de sí mismo y me pinta su retrato tal como solía ser, años y años atrás.