Él le dice, en respuesta a sus muchas y discretas gracias, que no hay de qué, le da los buenos días y se aleja. Tom-all-Alone’s sigue dormido y nada se mueve.
¡Sí, algo pasa!
Mientras desanda su camino hacia el punto desde el que avistó a lo mujer sentada a distancia en el escalón, ve venir con gran cautela a una figura andrajosa, agazapada junto a las sucias paredes —las cuales la más desgraciada de las figuras bien podría evitar— y alargando furtivamente una mano por delante.
Es la figura de un joven con el rostro demacrado y los ojos con un brillo demacrado. Está tan empeñado en avanzar sin ser visto que ni siquiera la aparición de un extraño con ropas enteras le tienta a mirar atrás.
Se cubre la cara con su codo andrajoso al pasar por el otro lado del camino, y sigue encogiéndose y avanzando furtivamente con su mano inquieta por delante y sus ropas sin forma colgando en jirones.
Ropas hechas para qué fin, o de qué material, sería imposible decirlo. Parecen, en color y en sustancia, un manojo de hojas pestilentes de vegetación cenagosa podridas hace mucho tiempo.
Allan Woodcourt se detiene a mirarlo y a observar todo esto, con la vaga sospecha de que ya ha visto al muchacho antes. No logra recordar cómo ni dónde, pero en su mente hay cierta asociación con una forma semejante. Imagina que debe de haberla visto en algún hospital o refugio; aun así, no alcanza a comprender por qué acude a su memoria con tanta fuerza.
Va saliendo gradualmente de Tom-all-Alone’s a la luz de la mañana, dándole vueltas al asunto, cuando oye unos pasos apresurados detrás de él y, al volverse, ve al muchacho que corre hacia él a toda velocidad, seguido por la mujer.