cuando digo esto, puede confiar en que estoy en lo cierto, caballero, pues me he tomado como asunto propio estudiar mis altas esferas y ser capaz de darles cuerda como a un reloj, caballero».
Así medra el rumor en la capital, y no quiere bajar a Lincolnshire.
A las cinco y media, pasado el meridiano, hora de Horse Guards, incluso ha arrancado un nuevo comentario del honorable señor Stables, que promete eclipsar al viejo, sobre el que tanto tiempo ha descansado su reputación coloquial.
Esta chispeante salida viene a decir que, aunque siempre supo que era la yegua mejor arreglada de la cuadra, no tenía idea de que fuera una desertora. Es enormemente bien recibido en los círculos hípicos.
En festines y banquetes también, en los firmamentos que a menudo ha honrado, y entre constelaciones en las que brilló más que ninguna ayer mismo, sigue siendo el tema imperante. ¿Qué es? ¿Quién es? ¿Cuándo fue? ¿Dónde fue? ¿Cómo fue? Sus queridos amigos la discuten con toda la jerga más elegante en boga, con la última palabra novedosa, el último estilo novedoso, el último acento arrastrado novedoso y la perfección de la indiferencia educada. Un rasgo notable del tema es que resulta ser tan inspirador que varias personas se pronuncian sobre él como nunca antes lo habían hecho; ¡afirman cosas rotundamente! William Buffy lleva una de estas agudezas desde el lugar donde cena hasta la Cámara, donde el Whip de su partido la pasa junto con su tabaquera para mantener unidos a los diputados que quieren marcharse, con tal efecto que el Presidente de la Cámara (a quien se le ha insinuado en privado al oído bajo la esquina de su peluca) grita: «¡Orden en la barra!» tres veces sin causar impresión.
Y no es la menor circunstancia relacionada con el hecho de que sea vagamente la comidilla del pueblo el que personas que rondan los aledaños de las altas influencias del señor Sladdery, personas que no saben