—Pero bueno, Tony, ¿qué demonios pasa en esta casa esta noche? ¿Hay una chimenea ardiendo?
¡Chimenea en llamas!
—¡Ah! —responde el señor Guppy—. Miren cómo cae el hollín. ¡Miren aquí, en mi brazo! ¡Miren otra vez, aquí en la mesa! ¡Maldita sustancia, no se vuela... se embarra como grasa negra!
Se miran el uno al otro, y Tony va a escuchar a la puerta, y un poco escaleras arriba, y un poco escaleras abajo. Vuelve y dice que todo está bien y todo tranquilo, y repite la observación que le hizo hace poco al señor Snagsby sobre que están asando chuletas en el Sol’s Arms.
—Y fue entonces —reanuda el señor Guppy, sin dejar de mirar con notable aversión la manga de la chaqueta, mientras continúan su conversación ante el fuego, apoyados en lados opuestos de la mesa, con las cabezas muy juntas—, ¿cuando le contó que había sacado el paquete de cartas de la maleta de su huésped?
—Ese fue el momento, caballero —responde Tony, arreglándose débilmente las patillas—. Por lo cual le escribí unas líneas a mi querido muchacho, el honorable William Guppy, informándole de la cita para esta noche y aconsejándole que no pasara antes, siendo el tal Boguey un zorro astuto.
El tono ligero y vivaz de la vida mundana que el señor Weevle suele adoptar le sienta tan mal esta noche que abandona este y sus patillas al mismo tiempo, y tras mirar por encima del hombro, parece entregarse de nuevo como presa de los horrores.
—Has de llevarte las cartas a tu habitación para leerlas y compararlas, y así estar en condiciones de hablarle de ellas con detalle. Ese es el trato, ¿verdad, Tony? —pregunta el señor Guppy, mordiéndose la uña del pulgar con ansiedad.