—¡De eso nada! —responde el soldado—. Ahora, antes de emprender el regreso a casa con mi caballo, hermano, voy a pedirte —si eres tan amable— que le eches un vistazo a una carta mía. La traje conmigo para enviarla desde estos lares, ya que por ahora el nombre de Chesney Wold podría resultar doloroso para la persona a quien va dirigida. No estoy muy acostumbrado a cartearme, y soy muy quisquilloso con esta carta en particular porque quiero que sea a la vez sincera y delicada.
Con estas palabras entrega una carta, densamente escrita con tinta algo pálida pero con una letra redonda y pulida, al dueño de la fábrica, quien lee lo siguiente:
Habiéndome comunicado el inspector Bucket que se ha encontrado una carta dirigida a mí entre los papeles de cierta persona, me tomo la libertad de hacerle saber que no se trataba sino de unas pocas líneas de instrucción desde el extranjero sobre cuándo, dónde y cómo entregar una carta adjunta a una joven y bella dama, entonces soltera, en Inglaterra. Cumplí debidamente con ello. > Me tomo asimismo la libertad de hacerle saber que me la arrancaron únicamente como prueba caligráfica y que, de no ser así, la habría entregado por parecerme la más inofensiva en mi poder solo previo disparo en el corazón. > Me tomo además la libertad de mencionar que, de haber podido suponer la existencia de cierto desdichado caballero, jamás habría descansado hasta descubrir su refugio y compartir con él mi último cuarto, tal como me lo habrían dictado por igual el deber y la inclinación. Pero se le dio (oficialmente) por ahogado, y con toda seguridad cayó por la borda de un buque de transporte por la noche en un puerto irlandés pocas horas después de