para mujeres), cuyas puertas son muy fuertes y pesadas, y sin duda también las llaves. Me temo que a una dama de su espíritu y actividad le resultaría un inconveniente que le echen una de esas llaves por un tiempo prolongado. ¿Qué opina?”
—Creo —responde la señorita sin inmutarse y con voz clara y servicial— que eres un miserable desdichado.
—Probablemente —contesta el señor Tulkinghorn, sonándose la nariz con calma—. Pero no le pregunto qué piensa de mí; le pregunto qué piensa de la prisión.
“Nada. ¿Qué me importa a mí?”
—Vea, pues importa tanto como esto, señora —dice el abogado, guardando con parsimonia el pañuelo y arreglándose la pechera de la camisa—; la ley es aquí tan despótica que interviene para evitar que a cualquiera de nuestros buenos ciudadanos se le moleste, ni aun con las visitas