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nydus/Bleak HousePublic
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VI. Como en casa propia

dijo que no lo fueran, que yo haya oído —replicó Coavinses.

—No —observó el señor Skimpole—. ¿Pero qué pensaste en el camino?

—¿Qué quiere decir? —gruñó Coavinses con aire de profunda indignación—. ¡Pensar! Ya tengo bastante que hacer, y bien poco saco a cambio como para ponerme a pensar. ¡Pensar! (con hondo desprecio).

—Entonces no pensaste, en ningún momento —prosiguió el señor Skimpole—, en este sentido:

«A Harold Skimpole le encanta ver brillar el sol, le encanta oír soplar el viento, le encanta observar el cambio de luces y sombras, le encanta escuchar a los pájaros, esos coristas en la gran catedral de la Naturaleza. ¡Y acaso me parece que estoy a punto de privar a Harold Skimpole de su parte en tales posesiones, que son su único derecho de nacimiento!»

¿No pensaste nada en ese sentido?

—Yo⁠—desde luego⁠—que⁠—no⁠—, dijo Coavinses, cuya

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