suyo era con mucho el peor. Debo exceptuar, sin embargo, al pequeño recluta de los Infantiles Lazos de Alegría, quien era estólida y uniformemente desgraciado.
—Tengo entendido que ha estado visitando —dijo la señora Pardiggle— a la señora Jellyby?
Dijimos que sí, que habíamos pasado una noche allí.
“Mrs. Jellyby”, continuó la señora, hablando siempre en el mismo tono demostrativo, alto y duro, de modo que su voz me hizo el efecto de llevar también una especie de gafas —y puedo aprovechar la ocasión para señalar que sus gafas se hacían menos atractivas por el hecho de tener lo que Ada llamaba «ojos asfixiantes», es decir, muy saltones—, “Mrs. Jellyby es una benefactora de la sociedad y merece una mano amiga. Mis muchachos han contribuido al proyecto africano: Egbert, uno y seis, que es toda su paga de nueve semanas; Oswald, uno y un penique y medio, que es lo mismo; el resto, según sus pequeños medios. Sin embargo, yo no estoy con Mrs. Jellyby en todo. No estoy con Mrs. Jellyby en su trato a su corta familia. Se ha notado. Se ha observado que su corta familia está excluida de la participación en los objetivos a los que ella se dedica. Puede tener razón o puede estar equivocada; pero, con razón o sin ella, este no es mi método con mi corta familia. Yo me los llevo a todas partes”.
Me convencí después (y Ada también) de que, al malhumorado hijo mayor, estas palabras le arrancaron un grito agudo. Lo disimuló convirtiéndolo en un bostezo, pero empezó siendo un grito.
—Asisten a los maitines conmigo (muy formalitos) a las seis y media de la mañana durante todo el año, incluido por supuesto lo más crudo del invierno —dijo la señora Pardiggle atropelladamente—, y me acompañan durante las tareas cotidianas que se van sucediendo.