abstenerse tanto de pasteles como de tabaco, se hinchó de tal modo de pena y furia cuando pasamos por delante de una pastelería que me aterrorizó al ponerse morado. Jamás pasé por tanto, tanto física como mentalmente, en el curso de un paseo con jóvenes como con estos niños antinaturalmente reprimidos cuando me hacían el cumplido de ser naturales.
Me alegré cuando llegamos a la casa del ladrillero, aunque era una de un grupo de miserables chozas en un alfalfar de ladrillos, con pocilgas cerca de las ventanas rotas y miserables jardincitos ante las puertas donde no crecía nada más que charcos estancados.
Aquí y allá se había colocado una vieja tina para recoger el agua de lluvia que goteaba de un tejado, o se apelmazaban con lodo formando un pequeño estanque parecido a un gran pastel de barro.
En las puertas y ventanas algunos hombres y mujeres holgazaneaban o merodeaban, y nos prestaron poca atención, salvo para reírse entre ellos o decir algo al pasar sobre la gente fina que atendía sus propios asuntos y no se rompía la cabeza ni se ensuciaba los zapatos viniendo a ocuparse de los de los demás.
La señora Pardiggle, abriéndonos paso con gran despliegue de determinación moral y hablando con mucha locuacidad sobre los hábitos desaseados de la gente (aunque dudaba de que el mejor de nosotros hubiera podido ser aseado en un lugar así), nos condujo a una chabola en el rincón más alejado, cuya habitación de la planta baja llenamos casi por completo. Además de nosotros, en esta habitación húmeda y repugnante había una mujer con un ojo morado, que acunaba junto al fuego a un pobre bebé que apenas respiraba; un hombre, manchado de arcilla y barro y con un aspecto muy viciado, tendido a lo largo en el suelo, fumando en pipa; un joven robusto que le ponía un collar a un perro; y una muchacha descarada que lavaba no sé qué en