Comía poco y parecía indiferente a lo que era, se mostraba mucho más impaciente de lo solía ser y era brusco incluso con Ada.
Pensé al principio que su antiguo aire despreocupado se había esfumado por completo, pero a veces brillaba en su interior tal como yo había visto a veces breves y momentáneos vistazos de mi propio rostro viejo asomarse hacia mí desde el espejo.
Tampoco su risa lo había abandonado del todo, pero era como el eco de un sonido alegre, y eso siempre resulta triste.
Sin embargo, se alegró tanto como siempre, a su vieja y afectuosa manera, de tenerme allí, y hablamos de los viejos tiempos gratamente.
Estos no parecieron interesarle al señor Vholes, aunque de vez en cuando dio una boqueada que yo creo que era su sonrisa. Se levantó poco después de cenar y dijo que, con el permiso de las damas, se retiraría a su despacho.
—¡Siempre entregado a los negocios, Vholes! —exclamó Richard.
—Sí, señor C. —replicó—, los intereses de los clientes jamás deben descuidarse, señor. Son primordiales en los pensamientos de un profesional como yo, que desea conservar un buen nombre entre sus colegas y la sociedad en general. El privarme del placer de esta grata conversación tal vez no sea del todo ajeno a sus propios intereses, señor C.
Richard se mostró muy seguro de aquello y acompañó a la salida al Sr. Vholes con una luz. A su regreso nos dijo, más de una vez, que Vholes era un buen tipo, un tipo confiable, un hombre que hacía lo que aparentaba hacer, ¡un muy buen tipo en verdad!
Estaba tan desafiante al respecto que me dio la impresión de que había empezado a dudar del Sr. Vholes.