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nydus/Bleak HousePublic
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XI. Nuestro querido hermano

Durante este diálogo, el señor Tulkinghorn ha permanecido al margen junto al viejo baúl, con las manos a la espalda, aparentemente igual de alejado de las tres clases de interés manifestadas junto a la cama: del interés profesional del joven cirujano por la muerte, destacable por estar completamente al margen de sus comentarios sobre el difunto como individuo; de la unción del viejo, y del pavor de la mujercita enajenada.

Su rostro imperturbable ha sido tan inexpresivo como sus ropas herrumbrosas. Ni siquiera se habría podido decir que ha estado pensando durante todo este tiempo. No ha mostrado ni paciencia ni impaciencia, ni atención ni abstracción. No ha mostrado más que su caparazón. Con la misma facilidad se podría deducir el sonido de un delicado instrumento musical a partir de su estuche, que el tono del señor Tulkinghorn a partir del suyo.

Él interviene ahora, dirigiéndose al joven cirujano con su tono impasible y profesional.

“Me asomé aquí —observa—, justo antes que usted, con la intención de ofrecerle a este difunto, a quien jamás vi en vida, algún trabajo de su oficio como copista. Había oído hablar de él por medio de mi estampero: Snagsby, de Cook’s Court. Ya que nadie aquí sabe nada de él, tal vez sería conveniente mandar a buscar a Snagsby.

¡Ah! —le dice a la pequeña mujer alocada, que lo ha visto a menudo en los tribunales, a quien él ha visto a menudo, y que se ofrece, mediante gestos mudos y atemorizados, a ir por el estampero judicial—. ¡Supongo que sí! ¡Hágalo!”.

Mientras ella está ausente, el cirujano abandona su inútil investigación y cubre al sujeto con la colcha de retazos. El señor Krook y él intercambian un par de palabras.

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