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nydus/Bleak HousePublic
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XXXVII. Jarndyce y Jarndyce

Habiéndome hecho este comentario debido a que iba a mi lado mientras caminábamos, asentí y enumeré sus principales atractivos.

—¿De verdad? —dijo el señor Vholes—. Tengo el privilegio de mantener a un padre anciano en el valle de Taunton, su lugar natal, y admiro mucho esa región. No tenía idea de que hubiera algo tan atractivo aquí.

Para mantener la conversación, le pregunté al señor Vholes si le gustaría vivir del todo en el campo.

—Ah, señorita —dijo él—, me toca usted una fibra delicada. Mi salud no es buena (tengo la digestión muy debilitada) y, si solo tuviera que verme a mí mismo, me refugiaría en costumbres campestres, sobre todo porque las preocupaciones de los negocios me han impedido entrar mucho en contacto con la sociedad en general, y en particular con la sociedad de las damas, que es en la que más he deseado moverme. Pero con mis tres hijas, Emma, Jane y Caroline, y mi anciano padre, no puedo darme el lujo de ser egoísta. Es verdad que ya no tengo que mantener a una querida abuela que falleció en su año ciento dos, pero queda lo suficiente como para hacer indispensable que el molino no deje de andar jamás.

Requería cierta atención oírle debido a su forma de hablar hacia dentro y a su aire desvitalizado.

—Me disculpará que haya mencionado a mis hijas —dijo—. Son mi punto débil. Deseo dejarles a las pobres chicas algo de independencia, además de un buen nombre.

Llegamos entonces a la casa del señor Boythorn, donde la mesa de té, ya preparada, nos aguardaba. Richard entró inquieto y apresurado poco después y, apoyándose en el respaldo de la silla del señor Vholes, le susurró algo al oído. El señor Vholes respondió en voz alta —o tan alta, supongo, como jamás había respondido a nada—: —¿Así que me llevará en su coche, caballero? A mí me da lo mismo, caballero. Como usted guste. Estoy enteramente a su servicio.

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