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nydus/Bleak HousePublic
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XL. Nacional y Doméstico

En esta apacible tarde de verano, al ponerse el sol, los preparativos han concluido.

Desolada y solemnes se ve la vieja casa, con tantos artilugios de habitabilidad y sin más habitantes que las formas retratadas en las paredes.

Así iban y venían estos, podría haber cavilado un Dedlock al pasar por la galería; así veían esta galería silenciosa y tranquila, como la veo yo ahora; así pensaban, como pienso yo, en el vacío que dejarían en este dominio cuando ya no estuviesen; así les resultaba, como me resulta a mí, difícil creer que pudiera existir sin ellos; así pasaban de mi mundo al suyo, como paso yo del suyo al mío, cerrando ahora la puerta resonante; así no dejaban ningún hueco en el que se les echara de menos, y así morían.

A través de algunas de las ardientes ventanas, hermosas por fuera y enmarcadas, a esta hora del crepúsculo, no en piedra gris opaca sino en una gloriosa casa de oro, la luz excluida por otras ventanas se derrama rica, generosa, desbordante como la abundancia del verano en los campos. Es entonces cuando los congelados Dedlock se deshelan. Extraños movimientos animan sus facciones mientras las sombras de las hojas juegan allí. Una justicia severa en un rincón se deja tentar y guiña un ojo. Un baronet de mirada fija, con bastón de mando, adquiere un hoyuelo en la barbilla. En el pecho de una pastora de piedra se desliza una mota de luz y calor que le habría venido muy bien hace cien años. Una antepasada de Volumnia, de zapatos de tacón alto, muy parecida a ella —proyectando la sombra de aquel evento virginal con dos siglos de antelación—, se dispara en una aureola y se convierte en santa. Una dama de honor de la corte de Carlos Segundo, de grandes ojos redondos (y otros encantos acordes), parece bañarse en agua incandescente, y esta ondula mientras brilla.

Pero el fuego del sol se está apagando. Aun ahora el suelo se oscurece, y la sombra asciende lentamente por las paredes, abatiendo a los Dedlock

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