Hacia una de las tiendecitas de esta calle, que es una tienda de música y tiene unos cuantos violines en el escaparate, además de algunas flautas de Pan, una pandereta, un triángulo y ciertos fragmentos alargados de partituras, dirige el señor George su potente pisada. Y deteniéndose a unos pocos pasos de ella, al ver que una mujer de aspecto soldadesco, con las faldas exteriores remangadas, sale con una pequeña tina de madera y en esa tina se pone a batir y salpicar en el borde de la acera, el señor George se dice a sí mismo: «Está como siempre, lavando verduras. ¡Nunca la he visto, excepto en un carruaje de equipaje, en que no estuviera lavando verduras!».
El objeto de esta reflexión está, en todo caso, tan ocupado en lavar verdura en este momento que no sospecha de la aproximación del señor George hasta que, levantando a la vez el cuerpo y la tina después de haber tirado el agua al arroyo, lo encuentra de pie cerca de ella.
Su recibimiento no es halagüeño.
—¡George, nunca te veo sin desear que estuvieras a cien millas de distancia!
El soldado, sin hacer comentarios sobre este recibimiento, entra tras ella en la tienda de instrumentos musicales, donde la señora coloca su balde de verduras sobre el mostrador y, tras estrecharle la mano, apoya los brazos en él.
—Nunca —dice ella—, George, considero a Matthew Bagnet seguro ni un minuto cuando estás cerca. Eres tan inquieto y tan andorrano...
—¡Sí! ¡Ya sé que lo soy, señora Bagnet! Ya sé que lo soy.
—¡Ya sabes que sí! —dice la señora Bagnet—. ¿De qué sirve eso? ¿Por qué lo eres?