El paseo del fantasma
Mientras Esther duerme y mientras Esther está despierta, sigue haciendo tiempo húmedo allá en la propiedad de Lincolnshire. La lluvia cae sin cesar—goteo, goteo, goteo—día y noche sobre el ancho pavimento de losas de la terraza, el Paseo del Fantasma. El tiempo es tan sumamente malo allá en Lincolnshire que la imaginación más viva apenas puede concebir que vuelva a hacer bueno algún día. No es que sobre la abundancia de vida imaginativa en el lugar, pues Sir Leicester no está aquí (y, la verdad, aun si lo estuviera, no aportaría gran cosa en ese aspecto), sino que se encuentra en París con mi Lady; y la soledad, de alas oscuras, permanece agazapada sobre Chesney Wold.
Puede que haya ciertos movimientos de la fantasía entre los animales inferiores en Chesney Wold. Los caballos de las caballerizas —las largas caballerizas en un estéril patio de ladrillo rojo, donde hay una gran campana en una torre y un reloj de gran esfera, al que las palomas que viven cerca y a las que les encanta posarse en sus hombros parecen estar consultando siempre— tal vez contemplen algunas imágenes mentales de buen tiempo en ocasiones, y puede que sean mejores artistas en ellas que los mozos. El viejo ruano, tan famoso por su trabajo a campo traviesa, al volver su gran globo ocular hacia la ventana enrejada junto a su pesebre, quizás recuerde las hojas frescas que brillan allí en otras épocas y los aromas que se cuelan, y es posible que tenga una gran carrera con los sabuesos, mientras que el ayudante humano, limpiando el establo contiguo, no se aparta jamás de su horca y su escoba de abedul. El tordo, cuyo sitio está frente a la puerta y que, con un traqueteo impaciente de su ronzal, eriza las orejas y vuelve la cabeza con tanta nostalgia cuando esta