sin dejar de mirar a Judy como si, por ser tan vieja y tan parecida a su abuelo, le diera lo mismo dirigirse a la una o al otro—, ustedes, los caballeros, me engañaron. Anunciaron que al señor Hawdon (el capitán Hawdon, si se atiene uno al refrán de ‘Una vez capitán, siempre capitán’) le esperaba la noticia de algo ventajoso para él”.
—¿Y bien? —repuso el anciano con voz aguda y cortante.
—¡Vaya! —dice el señor George, sin dejar de fumar—. No le habría sido de gran ventaja verse metido en chirona por todo el gremio de usureros y traficantes de letras de Londres.
—¿Cómo sabes eso? Algún pariente rico suyo podría haberle pagado las deudas o haber llegado a un arreglo. Además, nos había timado. Nos debía sumas inmensas por todas partes. Antes lo habría estrangulado que haberme quedado sin nada. Si me pongo aquí a pensar en él —grupa el viejo, levantando sus diez dedos impotentes—, me dan ganas de estrangularlo ahora mismo. Y en un repentino acceso de furia, le arroja el cojín a la inofensiva señora Smallweed, pero este pasa inofensivamente a un lado de la silla de ella.
—No necesito que me lo digan —replica el soldado, retirándose la pipa de los labios por un momento y desviando la mirada del progreso del cojín hacia la cazoleta de la pipa, que se está apagando—, que se portó de forma desastrosa y marchó directo a la ruina. Muchas veces he estado a su diestra cuando cabalgaba a todo galope hacia su perdición. Estuve con él en las buenas y en las malas,