¡Oh! ¡Aquí está el muchacho, señores!
Aquí le tenéis, muy embarrado, muy roncón, muy andrajoso.
¡Eh, muchacho!
Pero un momento. Precaución. A este muchacho hay que someterlo a unas cuantas pruebas preliminares.
Me llamo Jo. No conoce ningún otro. No sabe que todo el mundo tenga dos nombres. Nunca ha oído hablar de semejante cosa. No sabe si Jo es la abreviatura de un nombre más largo. Le parece bastante largo para él. No le pone ninguna pega. ¿Deletrearlo? No. No sabe deletrearlo. Sin padre, sin madre, sin amigos. Nunca ha ido a la escuela. ¿Qué es el hogar? Sabe que una escoba es una escoba, y sabe que es malo decir una mentira. No recuerda quién le habló de la escoba ni de la mentira, pero conoce ambas cosas. No puede decir exactamente qué le harán después de muerto si le dice una mentira a los caballeros aquí presentes, pero cree que será algo muy malo para castigarlo, y bien merecido lo tendrá, y por eso va a decir la verdad.
«¡Esto no sirve, caballeros!», dice el forense con un melancólico movimiento de cabeza.
“¿No cree usted que puede recibir su testimonio, señor?”, pregunta un jurado atento.
“De ningún modo —dice el forense—. Han oído al muchacho. «No sabría decirle exactamente» no sirve, ya saben. No podemos admitir eso en un tribunal de justicia, caballeros. Es una depravación terrible. Aparte al muchacho”.
Muchacho aparte, para gran edificación del público, especialmente de Little Swills, el vocalista cómico.
Ahora.