—¿Por qué? —repite el señor Snagsby, mesándose desesperado el mechón de pelo de la coronilla—. ¿Cómo voy a saber por qué? ¡Pero usted es un solterón, señor, y que Dios le guarde muchos años para hacerle semejante pregunta a una persona casada!
Con este benéfico deseo, el señor Snagsby tose una tos de sombría resignación y se dispone a escuchar lo que el visitante tiene que comunicarle.
—¡Otra vez! —dice el señor Snagsby, quien, entre la vehemencia de sus sentimientos y los tonos ahogados de su voz, está congestionado de rostro.
—¡En las mismas otra vez, pero por otro lado! Cierta persona me prohíbe, de la manera más solemne, hablar de Jo con nadie, ni siquiera con mi mujercita. Luego viene otra cierta persona, en la persona de usted, y me prohíbe, de manera igualmente solemne, mencionar a Jo a esa otra cierta persona por encima de todas las demás. ¡Pero si esto es un manicomio privado! ¡Pero si, para decirlo sin rodeos, esto es Bedlam, señor! —dice el señor Snagsby.
Pero al fin y al cabo es mejor de lo que esperaba, al no tratarse de ninguna explosión de la mina bajo sus pies ni de un ahondamiento del abismo en el que ha caído. Y como es bondadoso y se siente conmovido por el relato que oye de la situación de Jo, accede de buena gana a «pasarse por allí» tan temprano por la tarde como pueda arreglárselas discretamente.
Se pasa por allí muy discretamente cuando llega la tarde, pero puede resultar que la señora Snagsby se las apañe con tanta discreción como él.
Jo se alegra mucho de ver a su viejo amigo y dice, cuando se quedan a solas, que le parece extraordinariamente amable que el señor Snagsby haya venido tan lejos de su camino por cuenta de alguien como él. El señor Snagsby, conmovido por el espectáculo que tiene ante sí, pone