El señor Guppy simula sonreír y, con el propósito de cambiar de conversación, contempla con admiración, real o fingida, la habitación, recorriendo con la mirada la Galería de la Belleza Británica de la Galaxy, para terminar su inspección ante el retrato de Lady Dedlock sobre la chimenea, en el que ella aparece representada en una terraza, con un pedestal en la terraza, un jarrón sobre el pedestal, su chal sobre el jarrón, una pieza de piel prodigiosa sobre el chal, su brazo sobre la pieza de piel prodigiosa y un brazalete en el brazo.
—Se parece mucho a Lady Dedlock —dice el señor Guppy—. Es un retrato que habla.
—Ojalá lo fuera —gruñe Tony, sin cambiar de postura—. Así al menos tendría algo de conversación elegante aquí.
Al ver para entonces que no hay forma de convencer a su amigo para que adopte un humor más sociable, el señor Guppy cambia de rumbo y adopta la táctica del agraviado para echarle en cara su actitud.
—Tony —dice—, yo sé disculpar el desánimo, pues nadie sabe mejor que yo lo que es cuando a uno le sobreviene, y quizás nadie tenga más derecho a saberlo que un hombre que lleva una imagen no correspondida grabada en el ’eart. Pero hay límites para estas cosas cuando de una parte inocente se trata, y te confieso, Tony, que creo que tus maneras en esta ocasión no son hospitalarias ni muy de caballeros.
—Son palabras mayores, William Guppy —responde el señor Weevle.
—Señor, podrá serlo —replica el señor William Guppy—, pero cuando lo empleo, lo siento profundamente.
El señor Weevle admite que se ha equivocado y le ruega al señor William Guppy que no piense más en ello. El señor William Guppy, sin embargo, habiendo tomado ventaja, no logra soltarla del todo sin un poco más de fingida amonestación.