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nydus/Bleak HousePublic
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XXXII. La hora señalada

Si el señor Snagsby se apresura a volver a casa para ahorrarle a su mujercita la molestia de buscarlo, puede quedarse tranquilo al respecto.

Su mujercita le ha estado echando el ojo desde la esquina del Sol’s Arms durante todo este tiempo y ahora se desliza tras él con un pañuelo de bolsillo cubriéndole la cabeza, obsequiando al señor Weevle y a su puerta con una mirada escrutadora a medida que pasa.

—Ya volverá a reconocerme, señora, a fin de cuentas —se dice para sus adentros el señor Weevle—; y no puedo felicitarla por su aspecto, sea quien sea, con la cabeza envuelta en un hato. ¡No va a venir nunca este tipo!

Este individuo se acerca mientras habla. El señor Weevle levanta suavemente un dedo, lo atrae hacia el pasillo y cierra la puerta de la calle. Luego suben las escaleras, el señor Weevle pesadamente, y el señor Guppy (pues es él) con extrema ligereza. Cuando se encierran en la habitación del fondo, hablan en voz baja.

—Creí que te habías ido al quinto pino por lo menos en vez de venir aquí —dice Tony.

—Vaya, dije que alrededor de las diez.

—Dijiste que sobre las diez —repite Tony—. Sí, de modo que sí dijiste que sobre las diez. Pero, según mi cuenta, son diez veces diez: ¡son las cien en punto! ¡Jamás había tenido una noche así en mi vida!

¿Qué ha pasado?

—¡Eso es! —dice Tony—. No ha pasado nada. Pero aquí he estado yo dándole vueltas al coco en esta agradable y vieja ratonera hasta que me han entrado los terrores a borbotones. ¡Menuda vela con aspecto celestial! —dice Tony, señalando la vela que arde pesadamente en su mesa, con un gran goterón y un largo sudario.

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