—Creo que sí —replicó él con mucha suavidad, con bondad y con muchísima claridad—. Querida mía, creo que sí ahora mismo. Si alguna desventaja real puede atribuirse a tu posición en la mente de cualquier hombre o mujer que valga la pena, es justo que tú, al menos de todo el mundo, no la exageres ante ti misma al albergar impresiones vagas sobre su naturaleza.
Me senté y dije, tras un pequeño esfuerzo por mostrar la calma que debía: «Uno de mis primeros recuerdos, tutor, es el de estas palabras: “Tu madre, Esther, es tu deshonra, y tú fuiste la de ella. Llegará el momento, y bastante pronto, en que lo entenderás mejor y también lo sentirás, como nadie más que una mujer puede hacerlo”».
Me había cubierto la cara con las manos al repetir las palabras, pero ahora las retiré con una clase de vergüenza mejor, eso espero, y le dije que a él le debía la bendición de no haberlo sentido jamás, jamás, jamás, desde mi infancia hasta ese momento.
Alzó la mano como para detenerme. Sabía bien que nunca se le debían dar las gracias, y no dije más.
—Nueve años, querida —dijo después de pensar un momento—, han pasado desde que recibí la carta de una dama que vivía retirada del mundo, escrita con una pasión y un vigor severos que la hacían distinta a todas las demás cartas que jamás he leído. Me fue escrita (según me decía con esas mismas palabras), tal vez porque era idiosincrasia de la escritora depositar tal confianza en mí, tal vez porque era la mía justificarla. Me hablaba de una niña, una huérfana que entonces tenía doce años, en palabras tan crueles como aquellas que perduran en tu recuerdo. Me decía que la escritora la había criado en secreto desde su nacimiento, había borrado todo rastro de su existencia, y que si la escritora moría