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XXVIII. El maestro de hierro

El amo del hierro

Sir Leicester Dedlock ha vencido, por el momento, a la gota familiar y se halla una vez más, tanto en sentido literal como figurado, sobre sus propios pies. Se encuentra en su finca de Lincolnshire; pero las aguas vuelven a inundar las tierras bajas, y el frío y la humedad se filtran en Chesney Wold, aunque bien defendido, y asimismo en los huesos de Sir Leicester. Las hogueras chispeantes de leña y carbón —madera de los Dedlock y bosque antediluvianó— que arden en los anchos y amplios hogares y parpadean en la penumbra sobre los bosques ceñudos, hoscos al ver cómo se sacrifican los árboles, no logran excluir al enemigo. Las tuberías de agua caliente que serpentean por toda la casa, las puertas y ventanas acolchadas, y las mamparas y cortinas no alcanzan a suplir las deficiencias de los fuegos ni a satisfacer las necesidades de Sir Leicester. De ahí que la crónica de sociedad proclame una mañana a la atenta tierra que se espera que Lady Dedlock regrese próximamente a la capital por unas pocas semanas.

Es una melancólica verdad que incluso los grandes hombres tienen parientes pobres. En efecto, los más de las veces los grandes hombres tienen más que su justa parte de parientes pobres, ya que la sangre muy roja de la calidad superior, al igual que la sangre inferior ilícitamente derramada, clamará a voces y será escuchada. Los primos de sir Leicester, en el más remoto grado, son tantos como los crímenes en el sentido de que «siempre salen a la luz». Entre los cuales hay primos que son tan pobres que uno casi se atrevería a pensar que habría sido más feliz para ellos no haber sido nunca eslabones chapados

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