«¿Por qué, cariño? —dijo el señor Bucket—. Naturalmente, entonces no había quien le callara. Tanto habría dado haber nacido con metro y medio de lengua, y un retal de
Aunque ahora recuerdo esta conversación, en aquel momento tenía la cabeza confusa, y mi capacidad de atención apenas hizo más que permitirme comprender que entraba en esos detalles para distraerme.
Con la misma clase de intención, manifiestamente, me hablaba a menudo de cosas indiferentes, mientras su rostro estaba ocupado con el único objetivo que teníamos a la vista. Siguió abordando este tema mientras entrábamos por la verja del jardín.
—¡Ah! —dijo el señor Bucket—. Aquí estamos, y es un lugar bien retirado. Le recuerda a uno la casa de campo de la canción del pájaro carpintero, que se conocía por el humo que se elevaba con tanta gracia.
Madrugan con el fuego de la cocina, y eso denota buenos sirvientes. Pero de lo que siempre hay que tener cuidado con los sirvientes es de quién va a verlos; uno nunca sabe en qué andan si no sabe eso.
Y otra cosa, querida mía. Siempre que encuentres a un joven detrás de la puerta de la cocina, entrega a ese joven a las autoridades bajo sospecha de estar oculto en una vivienda con un propósito ilícito.
Estábamos ya ante la casa; miró con atención y detenimiento la grava en busca de huellas antes de levantar la vista hacia las ventanas.
—¿Suele usted alojar a ese joven de edad avanzada en la misma habitación cuando viene de visita por aquí, señorita Summerson?, preguntó, mirando de soslayo la habitual estancia del señor Skimpole.
—¡Usted conoce al señor Skimpole! —dije.