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nydus/Bleak HousePublic
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III. Un progreso

la retiré al verme mirada por ella, y la puse sobre mi corazón agitado. Me levantó, se sentó en su silla y, poniéndome de pie frente a ella, dijo despacio, con voz fría y baja —veo su entrecejo fruncido y su dedo índice señalado—: «Tu madre, Esther, es tu deshonra, y tú fuiste la de ella. Llegará el tiempo —y bastante pronto— en que comprenderás esto mejor y también lo sentirás, como nadie salvo una mujer puede hacerlo. Yo he perdonado» —pero su rostro no se ablandó— «el daño que me hizo, y no hablo más de él, aunque fue mayor de lo que jamás llegarás a saber —de lo que nadie jamás sabrá sino yo, la agraviada. En cuanto a ti, desafortunada muchacha, huérfana y degradada desde el primero de estos aniversarios funestos, reza a diario para que los pecados de los otros no recaigan sobre tu cabeza, conforme a lo que está escrito. Olvida a tu madre y deja que todos los demás la olviden, quienes le harán a su infeliz hija esa grandísima bondad. ¡Ahora, vete!».

Me detuvo, sin embargo, cuando estaba a punto de marcharme —¡helada como estaba!— y añadió esto: «La sumisión, la abnegación, el trabajo diligente, son los preparativos para una vida que comienza con una sombra semejante. Eres diferente de los demás niños, Esther, porque no naciste, como ellos, en la pecaminosidad y la ira comunes. Estás destinada a un fin especial».

Subí a mi cuarto, me metí sigilosamente en la cama y apoyé la mejilla de mi muñeca contra la mía, mojada por las lágrimas, y abrazando a esa solitaria amiga contra mi pecho, lloré hasta quedarme dormida. Por imperfecto que fuera mi

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