Chizzle, Mizzle y demás han caído en el hábito de prometerse vagamente a sí mismos que investigarán ese pequeño asunto pendiente y verán qué se puede hacer por Drizzle —a quien no se trató con justicia— cuando Jarndyce y Jarndyce salga de los tribunales. La evasión y la estafa en todas sus múltiples variedades se han sembrado a voleo por causa del funesto litigio; y aun aquellos que han contemplado su historia desde el círculo más exterior de semejante mal han caído insensiblemente en la negligente costumbre de dejar que las malas cosas sigan su mal curso por sí solas, y en la ligera creencia de que, si el mundo va mal, es porque de algún modo improvisado jamás estuvo destinado a ir bien.
Así, en medio del fango y en el corazón de la niebla, se sienta el Gran Canciller en su Alto Tribunal de la Cancillería.
—Señor Tangle —dice el Lord Canciller, que últimamente se muestra algo inquieto ante la elocuencia de ese sabio