La señora Jellyby, sentada en medio de un verdadero nido de papeles usados, tomó café durante toda la noche y dictó a intervalos a su hija mayor. También sostuvo una conversación con el señor Quale, cuyo tema parecía ser —si mal no lo entendí— la hermandad de la humanidad, y pronunció algunos hermosos sentimientos. No presté tanta atención como habría deseado, sin embargo, pues Peepy y los demás niños acudieron en tropel alrededor de Ada y de mí en un rincón del salón para pedirnos otro cuento; así que nos sentamos entre ellos y les contamos en voz baja El gato con botas y no sé qué más, hasta que la señora Jellyby, acordándose de ellos por casualidad, los mandó a la cama. Como Peepy lloraba para que lo acostara yo, lo llevé arriba, donde la joven con la venda de franela cargó en medio de la pequeña familia como un dragón y los precipitó dentro de sus cunas.
Después de eso me ocupé de arreglar un poco nuestra habitación y de persuadir a un fuego muy esquivo que habían encendido para que ardiera, lo cual al fin hizo, con bastante brillo.
A mi regreso a la planta baja, sentí que la señora Jellyby me menospreciaba un poco por ser tan frívola, y me supo mal, aunque al mismo tiempo sabía que yo no tenía pretensiones más elevadas.
Casi era medianoche antes de que encontráramos la oportunidad de irnos a la cama, y aun así dejamos a la señora Jellyby entre sus papeles tomando café y a la señorita Jellyby mordisqueando la pluma de su tintero.
—¡Qué casa tan extraña! —dijo Ada cuando subimos—. ¡Qué ocurrencia de mi primo Jarndyce habernos mandado aquí!
—Amor mío —dije—, me confunde muchísimo. Quiero entenderlo y no lo entiendo en absoluto.
—¿Qué? —preguntó Ada con su bonita sonrisa.