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nydus/Bleak HousePublic
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VII. El paseo del fantasma

se abre, y a quien el abridor le dice: «¡So, tordo, pues, quieto! ¡Nadie te necesita hoy!», quizá lo sepa tan bien como el hombre. El medio centenar de ellos, aparentemente monótonos y poco sociables, estabulados juntos, tal vez pasen las largas horas húmedas en que la puerta está cerrada en una comunicación más animada que la que se mantiene en la sala del servicio o en el Dedlock Arms, o incluso puede que engañen el tiempo mejorando (quizá corrompiendo) al poni del box abierto en la esquina.

Así el mastín, durmiendo a plácido sueño en su caseta del patio con la gran cabeza sobre las patas, puede pensar en el ardiente sol cuando las sombras de los edificios de las caballerizas agotan su paciencia al cambiar y no le dejan a ciertas horas más amplio refugio que la sombra de su propia casa, donde se sienta erguido, jadeando y gruñendo brevemente, con muchas ganas de morder algo además de a sí mismo y a su cadena.

Así ahora, medio despierto y parpadeando sin cesar, puede recordar la casa llena de invitados, los cocherones llenos de vehículos, las caballerizas llenas de caballos y las dependencias llenas de mozos de cuadra, hasta que se siente indeciso respecto al presente y sale a ver qué pasa.

Entonces, con esa sacudida impaciente de su cuerpo, puede gruñir en su fuero interno: «¡Lluvia, lluvia, lluvia! ¡Nada más que lluvia, y aquí no hay familia!», mientras vuelve a entrar y se recuesta con un sombrío bostezo.

Así que con los perros en las perreras al otro lado del parque, que sufren sus ataques de inquietud y cuyas voces melancólicas, cuando el viento se ha mostrado muy tozudo, se han dejado oír incluso en la propia casa: arriba, abajo y en la habitación de mi Lady. Pueden rastrear todo el campo, mientras las gotas de lluvia tamborilean en torno a su inactividad.

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