«No es probable que vayamos muy desencaminados, mi amor, si vamos en esa dirección», dije yo. Así que fuimos a Chancery Lane, y allí, efectivamente, vimos el rótulo. Symond’s
Lo siguiente que tuvimos que hacer fue averiguar el número.
«O la oficina del señor Vholes servirá —recordé—, porque la oficina del señor Vholes está al lado».
A lo cual Ada dijo que tal vez aquella fuera la oficina del señor Vholes en aquella esquina. Y realmente lo era.
Luego vino la pregunta, ¿cuál de las dos puertas siguientes? Yo iba hacia la una, y mi adorada iba hacia la otra; y mi adorada volvió a tener razón.
Así que subimos al segundo piso, donde encontramos el nombre de Richard en grandes letras blancas sobre un panel parecido a una carroza fúnebre.
Debería haber llamado, pero Ada dijo que tal vez era mejor girar el picaporte y entrar. Así fue como llegamos hasta Richard, inclinado sobre una mesa cubierta de polvorientos atados de papeles que me parecieron espejos polvorientos que reflejaban su propia mente. Adondequiera que mirase, veía repetidas las ominosas palabras que rondaban por ella: Jarndyce y Jarndyce.
Nos recibió con mucha afectación de cariño, y nos sentamos. —Si hubierais venido un poco antes —dijo—, habríais encontrado aquí a Woodcourt. Jamás ha habido un muchacho tan bueno como Woodcourt. Encuentra tiempo para pasarse de vez en cuando, cuando cualquier otro con la mitad de trabajo que él estaría pensando en que le es imposible venir. Y es tan alegre, tan fresco, tan sensato, tan sincero, tan... todo lo que yo no soy, que el lugar se ilumina cada vez que viene y se oscurece cada vez que se marcha.