¡Pues, sin duda!
No, ella nunca lo había visto. A pesar de lo joven que era cuando su mamá murió, recordaba cómo las lágrimas acudían a los ojos de esta al hablar de él y de la noble generosidad de su carácter, del cual había dicho que era digno de confianza por encima de todas las cosas terrenales; y Ada confiaba en él.
Su primo Jarndyce le había escrito unos meses antes —«una carta sencilla y honesta», dijo Ada— proponiéndole el arreglo en el que íbamos a entrar ahora y diciéndole que «con el tiempo podría curar algunas de las heridas causadas por el miserable pleito de la Cancillería». Ella había respondido aceptando con gratitud su propuesta.
Richard había recibido una carta similar y había dado una respuesta similar. Había visto al señor Jarndyce una vez, pero solo una, hacía cinco años, en la escuela de Winchester. Le había dicho a Ada, cuando estaban apoyados en la mampara frente al fuego donde los encontré, que lo recordaba como «un tipo brusco y risueño». Esta era la descripción más completa que Ada podía darme.
Me dejó pensando, de modo que, cuando Ada se quedó dormida, seguí ante el fuego, dándole vueltas y más vueltas a Bleak House, y dándole vueltas y más vueltas a cómo era posible que ayer por la mañana pareciera tan lejano. No sé por dónde habrían vagado mis pensamientos cuando los llamó al orden un golpe en la puerta.
Lo abrí suavemente y encontré allí a la señorita Jellyby temblando, con una vela rota en un candelero roto en una mano y una huevera en la otra.
—¡Buenas noches! —dijo ella de muy mal humor.
—¡Buenas noches! —dije.
—¿Puedo pasar? —me preguntó seca e inesperadamente, con el mismo tono hosco.