Persiguió esta ocurrencia con el pie más ligero sobre una variedad de terreno y nos hizo reír a todos, aunque de nuevo parecía hablar tan en serio como era capaz de hacerlo.
Los dejé todavía escuchándole cuando me retiré para atender a mis nuevas obligaciones. Me habían ocupado durante un rato, y cruzaba los pasillos al regresar con mi cesta de llaves en el brazo cuando el señor Jarndyce me llamó a una pequeña habitación contigua a su dormitorio, que resultó ser en parte una pequeña biblioteca de libros y papeles y en parte todo un pequeño museo de sus botas, zapatos y sombrereras.
“Siéntate, querida —dijo el Sr. Jarndyce—. Esto, has de saberlo, es el rincón de los regaños. Cuando estoy de mal humor, vengo y regaño aquí”.
—Usted debe de venir por aquí muy rara vez, caballero —le dije.
—¡Oh, usted no me conoce! —replicó—. Cuando me engaño o me decepciono con el... viento, y es del este, me refugio aquí. El cuartucho de los gruñidos es la habitación más usada de la casa. Aún no conoce ni la mitad de mis manías. ¡Querida, cómo está temblando!
No pude evitarlo; me esfircé mucho, pero al estar a solas con aquella benévola presencia, y al encontrarme con sus gentiles ojos, y al sentirme tan feliz y tan honrada allí, y con el corazón tan lleno, le besé la mano. No sé qué dije, ni siquiera si hablé. Él se desconcertó y se acercó a la ventana; casi creí que con la intención de tirarse por ella, hasta que se dio la vuelta y me tranquilicé al ver en sus ojos lo que había ido a ocultar allí. Me acarició suavemente la cabeza y me senté.
—¡Ya está! ¡Ya está! —dijo—. Se acabó. ¡Uf! No seas tonto.
—No volverá a suceder, señor —repliqué—, pero al principio resulta difícil...