la palabra Snagsby aquella noche, siendo inusualmente rápida, y preguntó, y consiguió la dirección, y se presentó a la hora de cenar. Ahora bien, Guster, nuestra muchacha, es tímida y sufre ataques, y ella, asustándose por el aspecto de la extranjera —que es feroz— y por una manera de hablar chirriante que tiene —que está calculada para alarmar a una mente débil—, se dejó vencer por ellos, en vez de hacerles frente, y rodó por las escaleras de la cocina cayendo en uno tras otro, unos ataques que de verdad a veces creo que no se dan ni se superan en ninguna otra casa que no sea la nuestra. Por consiguiente, hubo por buena fortuna abundante ocupación para mi mujercita, y solo yo para atender la tienda.
Cuando dijo ella que, como el señor Tulkinghorn le negaba siempre la entrada por orden de su principal (lo que yo no dudaba en aquel momento que fuera un modo extranjero de ver a un dependiente), se tomaría la molestia de venir a mi establecimiento continuamente hasta que la dejaran entrar aquí.
Desde entonces, ella ha estado, como empecé diciendo, merodeando, merodeando, señor —el señor Snagsby repite la palabra con patético énfasis— por el pasaje. Los efectos de cuyo movimiento es imposible calcular. No me extrañaría que ya hubiera dado lugar a los más dolorosos malentendidos incluso en la mente de los vecinos, por no hablar (si tal cosa fuera posible) de mi mujercita.
—Bien sabe Dios —dice el señor Snagsby, sacudiendo la cabeza— que nunca tuve la menor idea de una hembra extranjera, salvo en el sentido de estar anteriormente relacionada con un manojo de escobas y un bebé, o en la actualidad con una pandereta y pendientes. ¡Jamás la tuve, se lo aseguro, señor!
Mr. Tulkinghorn had listened gravely to this complaint and inquires when the stationer has finished, “And that’s all, is it, Snagsby?”