Por tanto, sir Leicester cede sus piernas aristocráticas al trastorno aristocrático como si poseyera su nombre y su fortuna bajo ese régimen feudal. Siente que el hecho de que un Dedlock sea postrado de espaldas, retorcido espasmódicamente y acuchillado en sus extremidades es una intromisión intolerable cometida en alguna parte, pero piensa:
«Todos nos hemos rendido a esto; nos pertenece; desde hace varios cientos de años se ha entendido que no debemos hacer que las criptas del parque resulten interesantes en términos más ignobles, y me someto a la transacción».
Y bien hermoso aspecto presenta, tendido en un derroche de carmesí y oro en medio del gran salón, ante su cuadro favorito de mi señora, mientras anchas franjas de luz solar penetran, a lo largo de la larga perspectiva, por la larga hilera de ventanas, alternándose con suaves relieves de sombra.
Afuera, los majestuosos robles, arraigados desde hace siglos en la verde tierra que jamás ha conocido la reja del arado, sino que era aún un coto de caza cuando los reyes cabalgaban a la batalla con espada y escudo, e iban de montería con arco y flecha, dan testimonio de su grandeza.
Adentro, sus antepasados, contemplándolo desde las paredes, dicen: «Cada uno de nosotros fue aquí una efímera realidad y dejó esta sombra coloreada de sí mismo y se fundió en un recuerdo tan soñador como las lejanas voces de las grajas que ahora te arrullan para hacerte dormir», y dan también testimonio de su grandeza.
Y muy grande es él en este día. ¡Y ay de Boythorn u otro osado mortal que con presunción le dispute una sola pulgada!
Mi Lady está representada actualmente, cerca de sir Leicester, por su retrato.