En una de las casitas del parque —esa casita que se ve desde la mansión donde, antaño, cuando las aguas inundaban los Bajos de Lincolnshire, mi Lady solía ver al hijo del guardabosques— se aloja el hombre robusto, que antes fuera soldado. Algunos vestigios de su antiguo oficio cuelgan de las paredes, y mantenerlos relucientes es el pasatiempo elegido por un hombrecito cojo del patio de caballerizas. Siempre es un hombrecito muy ocupado, puliendo en las puertas de la guarnicionería estribos, bajos, cadenas de cortadura, chapas de arneses, cualquier cosa del patio de caballerizas que admita brillo, llevando una vida de fricción. Un hombrecito desgreñado y achacoso, además, no muy desemejante a un viejo perro de alguna raza mestiza, que ha llevado bastantes golpes. Responde al nombre de Phil.
Es un hermoso espectáculo ver a la venerable ama de llaves (cada vez más dura de oído) ir a la iglesia del brazo de su hijo y observar —cosa que pocos hacen, pues la casa anda escasa de compañía en estos tiempos— las relaciones de ambos hacia Sir Leicester, y las de este hacia ellos. Tienen visitas en la época del pleno verano, cuando un capote gris y un paraguas, desconocidos en Chesney Wold en otras épocas, se dejan ver entre las hojas; cuando ocasionalmente se encuentra a dos jóvenes damas retozando en fosas aserraderas apartadas y otros rincones semejantes del parque; y cuando el humo de dos pipas se disipa en el fragante aire vespertino desde la puerta del chusquero. Entonces se oye un pífano interpretando alegremente en el interior de la casa del guarda el inspirador tema de los «Granaderos Británicos»; y al caer la tarde, se oye una voz ronca e inflexible que dice, mientras dos hombres caminan juntos de un lado para otro: «Pero yo nunca se lo reconozco a la vieja. Hay que mantener la disciplina».
La mayor parte de la casa está cerrada, y ya no es una casa de exposición; sin embargo, sir Leicester mantiene su encogido estado en el salón largo a pesar de todo, y reposa en su viejo lugar ante el retrato de my Lady.