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สารบัญ

LVIII. Un día y una noche invernales

profusión de chales, y la rubia figura arropada en ropajes, y desfilar por la mansión como un fantasma, rondando particularmente las habitaciones, cálidas y lujosas, preparadas para alguien que todavía no regresa. Como ni por asomo se puede pensar en la soledad en tales circunstancias, Volumnia es acompañada por su doncella, la cual, sacada de su propia cama con ese propósito, extremadamente fría, con mucho sueño y convertida por lo general en una doncella agraviada al verse condenada por las circunstancias a ejercer su cargo con una prima, cuando se había propuesto ser doncella de nada menos que diez mil libras al año, no ostenta una expresión muy dulce en el rostro.

Las periódicas visitas del soldado a estas habitaciones, sin embargo, en el transcurso de su patrullaje, son una garantía tanto de protección como de compañía para la señora y la doncella, lo que las hace muy bien recibidas a altas horas de la noche.

Siempre que se le oye avanzar, ambas hacen algún pequeño preparativo decorativo para recibirlo; en los demás momentos dividen sus vigilancias en breves fragmentos de olvido y diálogos no del todo exentos de acritud, acerca de si la señorita Dedlock, sentada con los pies sobre el guardafuegos, estaba o no cayendo al fuego cuando fue rescatada (para su gran disgusto) por su genio protector, la doncella.

—¿Cómo está Sir Leicester ahora, Mr. George? —pregunta Volumnia, ajustándose la capucha sobre la cabeza.

—Vea, sir Leicester sigue más o menos igual, señorita. Está muy decaído y enfermo, y hasta delira un poco a veces.

—¿Ha preguntado por mí? —inquiere Volumnia tiernamente.

—Pues no, señorita, no puedo decir que lo haya hecho. Al menos, no que yo lo haya oído.

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